No hay gran
cantidad de retratos pintados de Isabel de Borbón por el pintor de cámara ni
por otros, quizás porque como cuentan las crónicas la reina no simpatizaba con
posar para los retratos, por lo tanto puede ser que la mayoría de retratos
conservados de la mano de Velázquez de la reina fueran creados partiendo de un boceto que se hizo en 1631. Este retrato pudo servir como base
inspiración del que se conserva de la misma reina en el Kunsthistorisches Museum
de Viena que haría pareja con el del Rey, y del que hablaremos a continuación,
y también para el retrato ecuestre para el Salón de los Reinos. Aunque a día de hoy no
se han conservado, tenemos copias en el Kunsthistorisches Museum de Viena de
una pareja de retratos del rey Felipe IV y de la entonces reina Isabel de Borbón realizados ambos en
1631. Hay constancia de que los originales fueron pintados por Velázquez,
debido hay que hay documentos que señalan que el 24 de septiembre de 1631
Velázquez recibió del rey 100 ducados por "aparejar unos lienzos de unos
retratos de sus Magestades que habrían de enviar a Alemania". En estos formatos podemos apreciar
la influencia de maestros como Rubens y van Dyck y los retratos de Génova,
quizás en un deseo por innovar los retratos que hasta ahora se habían hecho en
la corte. Hay constancia de que en el 1632 el rey ordenó
que le hiciera un retrato de cuerpo entero, inspirado en el que hizo Rubens que se conserva en la
Durazzo-Palaviccini de Génova, y que a día de hoy ha desaparecido. Este retrato
es conocido por las numerosas copias que se hicieron de él, como el conservado
en Ermitage, San Petersburgo.
En este mismo año el rey mandó a Velázquez a crear
el Cristo de San Plácido como regalo a una de las monjas de
este convento por sus amoríos con ella. No sabemos si fue regalado como
agradecimiento o como modo de pedir disculpas ante tal desagravio para con
Dios. En esta pintura quiso que Cristo quedara representado como si no sintiese
dolor alguno, plagado de serenidad y
usando la manera que Pacheco había aconsejado en sus tratados.
Por
esta fecha más que una obra en sí, surge un precedente para una futura. Para la
creación de una estatua ecuestre del rey, el escultor italiano Pedro Tacca
pidió al pintor que le hiciera al rey un retrato ecuestre, pintándolo de perfil
para que el escultor pudiera plasmar en la escultura al rey Felipe IV con total
fidelidad. Habiéndole gustado al rey el estudio que el pintor hizo de este a
caballo, le hizo realizar una pintura ecuestre de este para su disfrute, que
sería posiblemente el que veríamos en el salón de los Reinos.
Un año
después el rey quiso inmortalizar de nuevo a su hijo el príncipe Baltasar Carlos. Se optó por
seguir el mismo modelo que el anterior mezclado con los modelos protocolarios
de su padre. Algunos autores piensan que quizás fue encargado con motivo de la
jura como heredero en la iglesia de San Jerónimo de Madrid, aunque
si atendemos a la descripción de Antonio Hurtado de Mendoza, el traje que
llevaría en esta ceremonia distaría del representado en este retrato. Otros
piensan que las imágenes del príncipe Baltasar Carlos no corresponden a ninguna
ceremonia determinada, simplemente estaban hechas por la necesidad del rey
Felipe IV de tener retratos de su nuevo hijo, siendo estos retratos oficiales
para dar una imagen del nuevo heredero acorde al rango que ocupaba. Podemos apreciar la innovadora técnica que Velázquez
había adquirido en su viaje a Italia, donde el dibujo deja de adquirir
importancia en cuanto al color que se torna vibrante.
En 1633 tenemos constancia de una gran retirada de retratos reales que estaban en el mercado por la falta de parecido a los monarcas. Fue entonces cuando el rey otorgó a Velázquez otra labor, la de vigilar y autorizar la copia de retratos del monarca visitando para ello diversos talleres de pintura de Madrid. Según las crónicas, en octubre de 1633 Velázquez y Vicente Carducho tuvieron que examinar 37 retratos para ver si eran dignos de salir del taller hacia las cortes europeas. Velázquez entonces escogió a Juan del Mazo para ser el autor de las nuevas copias que habrían de realizarse. Podemos apreciar en esta época un gran cambio entre los retratos del rey de la década de 1620 a los realizados en 1630 debido a la preponderancia que la familia real adquirió. Observamos entonces el paso del sobrio y austero modelo que caracteriza los primeros retratos a una gran suntuosidad y magnificencia, todo por las necesidades propagandísticas y la difusión de una nueva imagen no solo del rey, sino de la casa real. Se emprende entonces una amplia labor retratística de la mano de Velázquez, como en Felipe IV vestido de castaño y plata. Este fue posiblemente hecho por el pintor en 1631 justo después de su regreso de Italia. En este retrato Velázquez sabe captar los efectos de luz reflejados en los hilos de las vestiduras utilizando para esta una técnica similar a la de esbozar, imperando en el resto del retrato toques empastados y sucintos. Se ha llegado a decir que este retrato se hizo como conmemoración a la jura del príncipe Baltasar Carlos, pero se niega la idea debido a que si fuera para un acto conmemorativo el rey aparecería vestido de oro, y no de plata como en este caso. Otra hipótesis es que fuera creado para conmemorar una celebración relevante, como pudo ser el Corpus que se celebrara este año. Podemos ver en la carta que sujeta el rey que fue mandada por el propio artista en busca de un favor, pues se lee en ella: “Señor: Diego Velázquez, pintor de Vuestra Majestad…”. Se ha pensado que este tenía como pareja un retrato de la reina Isabel de Borbón de las mismas proporciones y características. Este lo conocemos por una copia que se encuentra en una colección particular en Nueva York y que en sus orígenes pudo estar en la colección real. Puede ser considerado el más sobresaliente de esta época. Se utilizó para este retrato las mismas características que venían usándose desde los inicios del retrato regio: “la posición abierta de las piernas y la postura erguida, el gesto impasible y la mirada de soslayo, la mano izquierda sobre el pomo de una espada y la derecha sosteniendo tal o cual objeto”.
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