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La decoración del Alcázar

         Fueron varios años los que el rey se pasó sin posar para Velázquez debido a continuos  tiempos de pesar para el este, tanto a nivel político como personal. Pero no fue este motivo para dejar de lado al pintor de la corte, a quien le encomendó otras tareas, como la adquisición de obras de arte para decorar el Alcázar.

Hacia el 1642 podemos situar la intervención de Velázquez en las obras del Alcázar como Veedor y Contador, debido a que Felipe IV se fue a las jornadas de Aragón, y consigo se llevó al superintendente de las obras reales, el Conde de Orgaz, por lo cual el rey necesitaba alguien de confianza que supervisar a las obras en este edificio. Nombró entonces a Velázquez y junto a él a Juan de Alvear. Un año después entró el marqués de Malpica como superintendente, mientras que Velázquez sería nombrado el Ayuda de Superintendente. Como Velázquez no tenía muchos conocimientos sobre esto solicitó la ayuda de Pedro de la Peña que había trabajado anteriormente en el Buen Retiro. El 9 de junio de 1643 el rey otorgo a Velázquez la Superintendencia de las obras particulares bajo las decisiones del marqués de Malpica, pagándole por esto 60 ducados mensuales. Intervendría en la reforma de los salones de los Espejos y Ochavado y en la construcción de su nueva escalera. Pronto se desataría una gran enemistad entre Malpica y Velázquez, a lo del rey, contra todo lo esperado dejaría constancia en un decreto que se posicionaría a favor del primero: "Diego Velázquez os es súbdito y así os obedecerá en todo, y en lo que toca esta obra de la alcoba se podrá hacer en la conformidad que estuviera ajustado con Pedro de la Peña". Hubo tras esto varios desencuentros hasta que en 1646 el rey tuvo que intervenir y deponer a Velázquez del cargo que se le había otorgado, dándole entonces el cargo de decorar las estancias del Salón de los Espejos, en la que la primera acción seria colocar ocho espejos de bronce dorados por Pedro de la Sota sobre los testeros, y de la Pieza ochavada de la que hablaremos a continuación. El rey para intentar apaciguar a su pintor, le dio autonomía tanto en la elección de sus colaboradores como en la cantidad de dinero que necesitara para esta labor. El 22 de enero de 1647 el rey daría la orden de que Velázquez fuera el veedor en la fábrica de la Pieza ochavada, y tras esto sería nombrado pagador de la misma el 7 de marzo. En esta obra participa también Gómez de Mora y como era previsible de la colaboración de dos grandes artistas la obra no puedo ser más excepcional.

En primera instancia lo que se pretendía realizar era una “galería de arte” en las estancias del Alcázar surgida de la reorganización de incontables piezas que se habían acumulado en la colección real, con pinturas, mobiliario y artes suntuarias, queriendo acercarlas a la moda italiana. Esta empresa se amplió de manera desmesurada. En este contexto podemos afirmar que equiparó su colección a las de las cortes europeas llegando a poner en auge el concepto de galería. Tenemos constancia por los inventarios de 1666 que la gran mayoría de las piezas albergadas en esta estancia salieron de la mano de Peter Paul Rubens. Junto a Velázquez trabajaba Gómez de Mora, teniendo este último la responsabilidad de renovar las estancias estructuralmente.

Debemos situar aquí el segundo viaje a Italia, que Velázquez llevó a cabo en 1649 y, a diferencia del primero, fue organizado por Felipe IV para que el pintor y Ayuda de Cámara fuera a este país en busca de nuevas joyas artísticas para decorar en el Alcázar una estancia situada en el ala meridional del palacio, conocida como la Pieza Ochavada, aunque como veremos posteriormente fueron más las que al final decoraron. El rey quería crear una galería de arte personal donde más que querer ensalzar a su figura quería crear una colección en la que lucir sus pinturas y presumir de esta. El pintor aprovechó para proponerle realizar él mismo un viaje a Italia: “Yo me atrevo, señor, si Vuestra Majestad me da licencia, ir a Roma y a Venecia a buscar y feriar los mejores quadros que hallen de Ticiano, Pablo Veronés, Basán, de Rafael d’Urbino, del Parmesano y de otros semejantes, que destas tales pinturas ai mui pocos príncipes que las tengan y en tanta cantidad como vuestra majestad tendrá con la diligencia que yo haré; y más que será necesario adornar las pieçasbaxas con estatuas antiguas, y las que no se pudieren aver se vaciarán y traerán las embras a España para vaciarlas después aquí con todo cumplimiento.” Y el rey, que confiaba en su pintor y se sentía en el derecho de poseer tales tesoros por su condición, aceptó de buena gana el ofrecimiento y organizó el viaje. “Su Majestad […] encomendó [a Velázquez] la disposición y adorno de su Imperial Palacio para lo cual por orden de su majestad fue dos veces a Roma y a otras partes diferentes de dónde ha traído Pinturas, estatuas y modelos fabricados por los más afamados artífices del mundo. Y al presente está el Palacio con su cuidado desvelo, solicitud y excelente disposición y trabajo, tan ilustrado y engrandecido que aumenta el número de las maravillas”.

Palomino escribió “El año de 1648 fue Don Diego Velázquez enviado por su Majestad a Italia con embajada extraordinaria a el Pontífice Inocencio Décimo, y para comprar pinturas originales, y estatuas antiguas, y vaciar algunas de las más celebradas, que en diversos lugares de Roma se hallan”. El viaje a Italia estaba parejo a tres objetivos primordiales: se debería encargar de la contratación, ejecución y transporte de esculturas y vaciados de esculturas clásicas que se encontraban en Italia, comprar así mismo pinturas y encontrar a un pintor al fresco, inclinándose en su decisión por Pietro da Cortona, aunque luego se trajera a Angelo Michele Colonna y Agostino Mitalli.

Otro cargo, al margen de las labores de decoro mencionadas anteriormente, fue que el Rey Felipe IV le ordenó que en el viaje de la futura reina Mariana a España este le acompañara junto a otros criados. Estos fueron a Trento para recoger a Mariana de Austria y el artista tuvo que permanecer en Milán hasta que la futura reina hiciera su entrada pública a la ciudad el 17 de junio.

El rey ordenó que en lo relativo a la labor artística, en primera instancia se parase en Venecia para adquirir estatuas para el decoro de palacio. En un primer momento Velázquez quiso traer esculturas originales de Italia, pero pronto desecharía la idea debido a que estas pertenecían a grandes príncipes que no iban a deshacerse de ellas ni a permitir en la mayoría de los casos que se hicieran copias porque las originales perderían valor. Para tan gran empresa, se hizo de un equipo de agentes, siendo su predilecto Córdoba Herrera. Fueron numerosos los artistas que contrató en Italia para llevar a cabo los encargos de esculturas. Para los vaciados contrató a los fundidores Giovanni Pietro del Duca y Cesare Sebastiani, los cuales hicieron las estatuas de Germánico, Fauno y Discóbolo, cuyo pago se hizo el 17 de junio de 1652. A Girolamo Ferrer se le encargó 6 parejas de leones de bronce para el salón de los Espejos, inspirándose para esto en los leones que vio en la Villa Medici y que sería interpretado como una reminiscencia a Salomón, para la Sala de los Espejos y hacer copias en yeso de un Gladiador combatiente, Sileno con Baco niño y Hermafrodita, todas de la colección Borghese, para decorar las bóvedas de Tiziano en el Alcázar, pagándole 60 escudos por cada una. A Orazio Albrizio se le encargó tres vaciados de esculturas del Belvedere: Antinoo, Apolo yel Nilo por 400 ducados. En cuanto a pinturas podríamos destacar algunas de los pintores más relevantes como Veronés, de quién trajo dos pinturas Venus y Adonis y Céfalo y Procris y de Tintoretto la colección de San Pablo y la Gloria. De la hazaña de buscar un pintor para decorar la bóveda del Alcázar, podríamos destacar el afán que tuvo el rey de que Velázquez consiguiera traer a Pietro da Cortona, pero por más que este lo intento, rehusó. Trajo entonces para intentar contentar al rey a Angelo Michele Colonna y Agostino Mitalli, ambos citado anteriormente, aunque otros autores insistirían en que no consiguió traer a ningún fresquista y fue Giovanni Andrea Podestà quien se hubiese instalado en la corte enviado por Velázquez, a pesar de no ser un pintor de frescos.

Durante todo el tiempo que duró el viaje de Velázquez en Italia, el rey estuvo en contacto con él mediante cartas, señal de la gran preocupación de la empresa y el afán coleccionista que tenía por obras de arte. El 17 de febrero de 1650 el rey mandó una carta a Velázquez ordenando que regresase a la corte, pues se le necesitaba como retratista real tras la boda con Mariana de Austria consumada unos meses atrás. Tuvo que insistir bastante y enviar varias cartas a los embajadores de Italia insistiendo en que el artista volviera a la corte, y no sería hasta 2 años y medio después que Velázquez llegó a Madrid, remontándonos al 23 de junio de 1651. El rey quiso agasajar al pintor por tan buena labor y le ascendió considerablemente la suma de ducados anuales, a 1.600, y a su vez le ascendió a aposentador mayor o del rey el 16 de febrero del 1652, un escalafón por encima del de ayuda de cámara del que ya disfrutaba. Este oficio fue suplicado por Velázquez al rey alegando que “se ajustaba a su genio y ocupación”.

Aparte de haber traído las obras de arte desde Italia, el rey le mandó a dirigir la colocación de las pinturas y las esculturas que trajo. En la Pieza ochavada se colocó las pinturas mitológicas de Hércules y Diana de Rubén y las estatuas de bronce planetarios de Jacques Jonghelinck. También se colocaron en esta las piezas que mencionamos anteriormente, como el Germánico, Fauno y el Discóbolo.

La Galería del Cierzo también fue decorada por Velázquez quien dispuso entre otras una Venus y Baco y Ariadna, los luchadores y  el galo moribundo. También tenemos constancia de que intervino en las bóvedas de Tiziano colocando las pinturas que trajo de Tintoretto desde Venecia que nombramos anteriormente. En la Galería del Mediodía hizo una recolocación de las pinturas que había allí y además dispuso algunas obras de Veronés que había traído de Italia, al igual que otras obras como El hombre de la cadena de oro de Tintoretto.

Debemos a tratar dentro de las obras pictóricas del Alcázar la producción mitológica para el Salón de los Espejos, aunque debamos dar para ello un salto cronológico de algunos años, casi rozando la década de los 60. Fue el monarca quien eligió el tema de decoración de este salón, aunque se piensa que Velázquez tendría la libertad de elegir el asunto de cada cuadro dentro de la temática indicada. Se trató la historia de Pandora, en la que Velázquez no participó más que en las trazas del techo para que en él se acomodaran los frescos. Sin embargo el rey encargó a Velázquez cuatro cuadros que se colocarían encima de los bufetes entreventanas del Salón, debido a que en estos huecos no había espejos, siguiendo también la temática mitológica: Apolo y Marsias, Mercurio y Argo, Adonis y Venus y Psique y Cupido. Solo conservamos a día de hoy Mercurio y Argo debido a que los otros 3 se perdieron en el tantas veces referido incendio de 1734. No se sabe muy bien por qué Felipe IV escogió estos temas para que el pintor los representase, aunque conocemos el afán por las pinturas de mitología del monarca, y no sería la primera vez que para sus palacios encargaba pinturas de este género. Recordemos también que el tema de la obra conservada ya lo habría tratado antes Rubens para la Torre de la Parada.

Mercurio y Argos, 1659, (Madrid, Prado)




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