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La Torre de la Parada

             La Torre de la Parada era una residencia y creada por Felipe II para el rey y su entorno utilizado para el descanso durante la época de caza. Este edificio fue modernizado en tiempos de Felipe IV por Juan Gómez de Mora.

El primer inventario fue en época de Carlos II, realizado tras la muerte de este. Nos basaremos en él para tratar las pinturas que se hallaban aquí. Felipe IV tuvo gran interés por el programa que se llevaría a cabo en esta residencia, llegándose a inmiscuir en la programación de la misma. A Velázquez, según documentos de la Junta de Obras y Bosques del 24 de octubre de 1636, se le debía 11.843 reales además de otros pagos por pinturas que había hecho por encargo del rey para la Torre de la Parada, y según Palomino sabemos de un pago de 500 ducados de plata por las obras que hizo para la Torre de la Parada. A diferencia del Buen Retiro aquí sí podríamos establecer distintos programas en tanto a la distribución de las obras. En las entradas y escaleras se establecieron los 17 elementos que representarían sitios reales. En el cuarto alto, al estar situado el oratorio privado del Rey quiso adornar esta estancia con cuadros de temática religiosa entre los encontramos algunos como Nuestra Señora de la Concepción Inmaculada o Adán y Eva. Es cierto que el grueso de las pinturas de esa casa se trajeron de Flandes: 52 sobre mitología, 2 de filósofos, 53 de animales y 6 de monterías, colaborando Rubens en la concepción de los de temática mitológica. En otras estancias, la temática se centró más en el rey y su familia, sobresaliendo aquí Velázquez con pinturas en las que se retrataba como cazadores al rey, a su hermano y al joven príncipe.

        Debemos centrarnos en la producción de Velázquez bajo mecenazgo del Rey, tratando en primera instancia los cuatro retratos de enanos que se colocaron en el cuarto alto, por los que se le pagó cincuenta doblones por cada uno de ellos. Felipe IV impulsó la costumbre de tener enanos en la corte. A pesar de haber sido una costumbre vista en todas las generaciones palaciegas anteriores, había descendido durante el reinado de Felipe III. Estos retratos no tienen compañía con ninguno de los traídos de Flandes. Fueron creados  por el mismo motivo que se crearon los del Buen Retiro, es decir, por la cercanía y disfrute que le proporcionaron al rey. Fueron creados en 1636 identificándose como sobrepuertas para la Sala de la Reina, colocándose dos sobre las puertas de la escalera y los otros sobre las puertas de las habitaciones que allí se encontraba. Estos serían Diego de Acedo "El Primo", Francisco Lezcano "El niño o bobo de Vallecas", Juan Calabazas y un cuarto perdido a día de hoy. Incluimos a Juan Calabazas en esta serie, porque fue creado en el mismo tiempo y con las mismas medidas a pesar de no reconocerse en el inventario como miembro de este grupo. También es de gran necesidad mencionar el retrato de Sebastián Morra, otra enano de la corte, que si bien no pertenecía a este grupo por haber sido creado unos años después de la serie, en 1644, pasaría en un futuro, tras el incendio del Alcázar, a formar pareja en el Palacio Nuevo junto a otro retrato de Diego de Acedo, que a día de hoy tampoco se conserva. Un dato a señalar en esos retratos es que no se habría tenido tanto cuidado a la hora de realizarlos, por lo que Velázquez pudo innovar y experimentar a su libre albedrío.

 
Diego de Acedo el Primo, 1636, (Madrid, Prado)

Francisco Lezcano, 1636, (Madrid, Prado)

 
Juan Calabazas, 1636, (Madrid, Prado) 

            Pasaremos ahora a la séptima pieza del cuarto alto, una habitación exclusiva para el rey, donde nos encontramos según el inventario de 1701 "tres rettratos de personas reales, la una del señor Phelipe quartto, el ynfantte cardenal y el príncipe Balthasar". Estos tres retratos, el de Felipe IV en traje de cazador, el retrato del cardenal infante don Fernando, su hermano, y el retrato del príncipe Baltasar Carlos en traje de cazador, fueron realizados en la misma época y sin alguna duda exclusivamente para el ámbito privado y la intimidad del monarca en el pabellón de caza de la Tore de Parada, debido a que los tres presentan las mismas características formales, tanto en composición, color y dimensión, y a que en dos de ellos aparece por detrás la inscripción “Tore” que indicaría el lugar para el que se habrían realizado. Para esta colección pudo fijarse en el retrato de Tiziano del Emperador Carlos V, debido a que este era el culmen de la grandeza y un importante referente para la realeza. Vemos en estos de nuevo el protocolo establecido, los dos adultos miran hacia la derecha, de perfil, mientras que el niño, libre de estos cargos lo hace hacia la izquierda. Los tres aparecen vestidos de cazador portando los trajes con gran dignidad como cabría esperar de la monarquía y habrían sido retratados antes de partir hacia la caza, como podemos denotar por sus aspectos. Podríamos decir que la paleta usada en estos retratos, retrataría un ambiente otoñal que apreciaríamos a su vez en las oscuras hojas de los árboles. En el primero de los retratos vemos que el fondo se pierde en la lejanía y los tonos usados hacen que el rostro del rey resalte por su blanquecina piel. En este retrato aparecería representado con un traje de caza, compuesto por tabardo quesería en la prenda sin mangas, una valona de encaje, un jubón bordado en plata y las calzas. Vemos en ese cuadro representado el arcabuz y el lebrel, educado especialmente para las prácticas de caza y batallas. En la representación de este se ha conseguido una gran viveza quizás por las pinceladas sueltas tan típicas del pintor. A pesar de no haberse representado como un rey, el artista captó la magnificencia y sobriedad del retratado, dejando también retratado la habilidad que tendría en el terreno de la caza que era en aquel entonces una práctica que estaba ligada a la guerra.

Felipe IV en traje de cazador, 1632-1634, (Madrid, Prado)

La segunda, la del infante Fernando, parece que no fue un retrato original, sino que se basó en otros anteriores a la época, quizás en el realizado por Rubens, pues el cardenal por esa época no se encontraba en Madrid y tendría bigote y el pelo más largo según las crónicas.

El cardenal infante Fernando en traje de cazador, 1632-1634, (Madrid, Prado)

        El último retrato, de Baltasar Carlos, tiene una inscripción “ANNO AETATIS SVAE VI” que nos muestra la fecha en que fueron creados, 1636, ya que el niño tendría en esta fecha 6 años.

 Baltasar Carlos en traje de cazador, 1636, (Madrid, Prado)

Pasaríamos ahora a tratar una obra que tiene como tema la caza, ya no como retratos individuales, sino uno colectivo, La tela Real
, también conocido como Montería de jabalíes en el Hoyo, ubicado en la Galería del Rey. Mediría tres varas y media, adaptándose a los otros retratos de la misma temática que habría hecho Rubens para esta habitación. En este cuadro se representa la caza del jabalí, siendo el único en el que se Velázquez retrata un acontecimiento real en la vida del rey. El cuadro está creado con una alta composición visual que nos invita a mirar hacia abajo para fijarnos en el primer plano. Pero a pesar de la calidad se llegó a dudar de la autoría, atribuyéndosela a Mazo debido a la forma de pintar la arbolada y el cielo que no fue considerada resuelta del todo para el gran nivel del pintor.
Se representan en este cuadro S.M., el Conde Duque y el Infante Cardenal don Fernando, y entre las carrozas podemos conocer a la reina Isabel de Borbón y a las damas de la corte que miraban el espectáculo.


 
La tela Real, 1635-1637, (Londres, National Gallery)

La cacería del Tabladillo fue otra de las obras creadas en esta fecha para disfrute del rey, la cual no fue realizada por el artista, sino por su yerno Juan Bautista Martínez del Mazo.

La cacería del Tabladillo,Juan Bautista Martínez del Mazo, 1640, (Madrid, Prado)

            Marte, Esopo y Menipo son los tres últimos cuadros de la mano velazqueña para la Torre de la Parada, realizados entre1630-1640, esta vez con una temática diferente, filosófica y mitológica. Fueron encargadas por el rey expresamente para su alcoba. Las dos primeras parecieron hacer pareja con los Demócrito y Heráclito creados por Rubens, perteneciendo a la temática de filósofos mendigos característicos del siglo XVII. Esopo pudo haber sido fruto de la consulta de fuentes literarias y pictóricas, mientras que de Menipo no se conocería hasta la fecha ninguna fuente gráfica.

Comenzaremos a hablar de la pintura de Marte, la cual acabaría por cerrar el ciclo de las pinturas mitológicas que se le había encargado a Rubens: Sátiro, Mercurio, Saturno devorando a sus hijos, Rapto de Ganímedes por Júpiter, Venus y Vulcano. Quizás el motivo por el que se le encargó a Velázquez esta obra es porque al llegar de Flandes al palacio cayeron en la cuenta de que faltaba este dios entre otros.Como motivos de inspiración para crear este dios de aspecto escultórico, tomo el Ares Ludovisi de Lisipo y en Lorenzo de Médici de Miguel Ángel que se presentan sedentes, así como en el Ercole al bivio de Annibale Carracci. A priori se piensa que no es una pieza indicada para el lugar que estaba y tampoco tiene mucha similitud con las pinturas que hizo Rubens a pesar de la temática mitológica. Las pinturas del flamenco se muestran en movimiento, mientras que la de Velázquez está totalmente quieta y reposada. Quizás se debe esto a que fue la de Velázquez la única que ocupó la alcoba del monarca.

 
Marte, 1638, (Madrid, Prado)
Pasamos ahora a las obras encargadas de Menipo y a Esopo, creados a la par que los retratos de bufones anteriormente tratados. Ambos fueron, al igual que Marte, encargadas para la alcoba del rey. Se sabe que Jerónimo de Villanueva ayudó al rey a crear la gestión de las obras y a decidir los motivos de las mismas. No resultaría extraño pensar que Quevedo también tuviera que ver en esto, debido a que este estuvo en la corte del rey desde 1634 al 1639, año en el que fue desterrado. Esto tendría si acaso más que ver con las obras de Demócrito y Heráclito de Rubens, que enlazarían con la de los filósofos velazqueños que nos acontecen. Ambos personajes carecen de una tradición iconográfica que precedan a los retratos que tratamos, por lo que Velázquez tendría libre albedrío, dentro del encargo y las pautas que el rey dictara. Se representan con libros en sus manos para hacer ver la sabiduría que ambos tenían como filósofos que eran. Presentan aspecto andrajoso, con amplias túnicas y sucios zapatos, y de pie, aportando así gran verticalidad a los cuadros.

Menipo, 1638, (Madrid, Prado)

  
 Esopo, 1638, (Madrid, Prado)




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